Para el joven Gatz, que descansaba sobre los remos y miraba hacia la cubierta con barandilla, aquel yate representaba toda la belleza y el encanto del mundo. Supongo que le sonrió a Cody; probablemente había descubierto que a la gente le gustaba cuando sonreía. En cualquier caso, Cody le hizo algunas preguntas (una de ellas sacó a relucir el flamante nombre) y descubrió que era avispado y extravagantemente ambicioso. Pocos días después se lo llevó a Duluth y le compró una chaqueta azul, seis pares de pantalones de loneta blanca y una gorra de yate. Y cuando el Tuolomee zarpó hacia las Indias Occidentales y la Costa de Berbería, Gatsby también se fue.
Estaba empleado en una vaga capacidad personal —mientras permaneció con Cody fue sucesivamente mayordomo, segundo, patrón, secretario y hasta carcelero, pues el Dan Cody sobre sabía lo que el Dan Cody borracho pronto podría estar tramando con sus derroches, y se prevenía ante tales contingencias depositando cada vez más confianza en Gatsby. El arreglo duró cinco años, durante los cuales el barco dio tres veces la vuelta al Continente. Podría haber durado indefinidamente de no ser por el hecho de que Ella Kaye subió a bordo una noche en Boston y una semana después Dan Cody murió poco hospitalariamente.
Recuerdo el retrato de él que estaba en el dormitorio de Gatsby, un hombre canoso y de tez encendida, de rostro duro e inerte: el libertino pionero que, durante una fase de la vida estadounidense, devolvió a la costa este la violencia salvaje del burdel y el salón de la frontera.
Se debió indirectamente a Cody que Gatsby bebiera tan poco. A veces, en el transcurso de alegres fiestas, las mujeres solían restregarse champán en el pelo; él, por su parte, adquirió el hábito de mantenerse al margen delcohól.
Y fue de Cody de quien heredó dinero: un legado de veinticinco mil dólares. No lo recibió. Nunca entendió el ardid legal que se usó en su