mucho.
—¿Y qué pasa con eso? —dijo Gatsby con educación—. Supongo que su amigo Walter Chase no tuvo tantos remiljos como para no meterse en el asunto.
—Y lo dejaste en la estocada, ¿verdad? Lo dejaste ir a la cárcel un mes allá en Nueva Jersey. ¡Dios! Tendrías que oír a Walter hablando de ti.
—Llegó a nosotros completamente arruinado. Le alegraba mucho ganar algo de dinero, viejo amigo.
—¡No me llames «viejo amigo»! —gritó Tom.
Gatsby no dijo nada.
«Walter también podría acusarte por las leyes de apuestas, pero Wolfshiem lo asustó para que se callara».
Esa mirada tan extraña como reconocible había vuelto a aparecer en el rostro de Gatsby.
—Lo de la farmacia era poca cosa —continuó Tom despacio—, pero ahora te traes entre manos algo de lo que Walter tiene miedo de hablarme.
Miré de reojo a Daisy, que miraba aterrorizada entre Gatsby y su marido, y a Jordan, que había empezado a equilibrar un objeto invisible pero absorbente en la punta de la barbilla. Luego volví la vista hacia Gatsby, y su expresión me sobresaltó. Parecía —y esto lo digo sin tener en cuenta en absoluto las murmuraciones calumniosas de su jardín— como si hubiera «matado a un hombre». Por un momento, la expresión de su rostro solo podía describirse de esa manera tan fantástica.
Pasó, y él comenzó a hablarle con