en el plato de leche durante toda la tarde. Mientras tanto, Tom sacó una botella de whisky del cajón con llave de un aparador.
Me he emborrachado solo dos veces en la vida, y la segunda fue aquella tarde; de modo que todo lo que pasó tiene un tinte borroso y neblinoso, aunque hasta después de las ocho el apartamento estuvo lleno de un sol alegre.
Sentada en las rodillas de Tom, la señora Wilson llamó por teléfono a varias personas; luego se acabaron los cigarrillos, y salí a comprar algunos a la farmacia de la esquina.
Cuando regresé, los dos habían desaparecido, así que me senté discretamente en la sala y leí un capítulo de Simón, llamado Pedro; o aquello era una porquería espantosa o el whisky lo distorsionaba todo, porque no me pareció tener ningún sentido.
Justo cuando Tom y Myrtle (después de la primera copa la señora Wilson y yo nos tuteamos) reaparecieron, la compañía comenzó a llegar a la puerta del apartamento.
La hermana, Catherine, era una muchacha esbelta y mundana de unos treinta años, con una melena corta, espesa y apelmazada de cabello pelirrojo, y el cutis empolvado de un blanco lechoso. Se había depilado las cejas para luego volver a dibujarlas en un ángulo más atrevido, pero los esfuerzos de la naturaleza por restablecer la línea original le conferían al rostro un aire difuminado.
Cuando se movía, se oía un chasquido incesante mientras innumerables brazaletes de cerámica tintineaban arriba y abajo por sus brazos. Entró con una prisa tan propia de la dueña de la casa y miró los muebles con tanta posesión que me pregunté si viviría allí. Pero cuando se lo pregunté, se echó a reír desmesuradamente, repitió mi pregunta en voz alta y me dijo que vivía con una amiga en un hotel.