ojos a ustedes tal como lo hizo con Daisy, pero era un tipo duro. Atropelló a Myrtle como si hubiera atropellado a un perro y ni siquiera detuvo su auto.
No había nada que pudiera decir, excepto el hecho inexpresable de que no era cierto.
“Y si crees que no tuve lo mío de sufrimiento, mira, cuando fui a dejar ese piso y vi esa maldita caja de galletas para perros ahí sentada en el aparador, me senté y lloré como un crío. Por Dios que fue horrible—”
No podía perdonarlo ni simpatizar con él, pero comprendí que lo que había hecho estaba, desde su punto de vista, plenamente justificado. Todo aquello fue muy descuidado y confuso. Eran gente descuidada, Tom y Daisy: destrozaban cosas y seres para luego refugiarse en su dinero o en su inmenso descuido, o en lo que fuera que los mantenía unidos, dejando que otros limpiaran el desastre que habían hecho...
Le estreché la mano; parecía una tontería no hacerlo, pues de repente sentí como si estuviera hablando con un niño. Luego entró en la joyería a comprar un collar de perlas, o tal vez solo un par de gemelos, librado para siempre de mis manías provincianas.
La casa de Gatsby todavía estaba vacía cuando me fui; el césped de su jardín había crecido tanto como el mío. Uno de los taxistas del pueblo nunca llevaba un pasajero más allá de la puerta de entrada sin detenerse un minuto y señalar hacia adentro;