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nydus/The Great GatsbyPublic
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VI

—Muchísimas gracias de su parte, seguro —dijo otra amiga, sin pizca de agradecimiento—, pero le pusiste el vestido hecho sopa cuando le metiste la cabeza en la piscina.

—Lo que más detesto es que me metan la cabeza en una piscina —murmuró la señorita Baedeker—. Una vez casi me ahogan en Nueva Jersey.

—Entonces debería dejarlo en paz —replicó el doctor Civet.

«¡Habla por ti misma! —gritó con violencia la señorita Baedeker—. Te tiembla la mano. ¡No te dejaría operarme!».

Fue así. Casi lo último que recuerdo es haber estado con Daisy y mirar al director de cine y a su Estrella.

Todavía estaban bajo el ciruelo blanco y sus rostros se tocaban, salvo por un pálido y delgado rayo de luna entre ellos. Se me ocurrió que él se había estado inclinando muy lentamente hacia ella durante toda la noche para alcanzar esa cercanía, y aún mientras miraba lo vi inclinarse un grado último y besarle la mejilla.

—Me gusta —dijo Daisy—; creo que es encantadora.

Pero el resto la ofendía —y sin duda porque no era un gesto sino una emoción. Le aterrorizaba West Egg, este «lugar» sin precedentes que Broadway había engendrado sobre un pueblo de pescadores de Long Island; le aterraba su vigor crudo que rozaba los viejos eufemismos y el sino demasiado impertinente que arreando llevaba a sus habitantes por un atajo de la nada a la nada. Veía algo espantoso en esa misma simplicidad que no lograba comprender.

Me senté con ellos en los escalones de la entrada mientras esperaban su coche. Aquí delante estaba oscuro; solo la puerta brillante proyectaba diez pies cuadrados de luz hacia la suave y negra mañana. A veces una

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