una nueva década.
Eran las siete cuando subimos al cupé con él y partimos hacia Long Island. Tom habló sin cesar, exultante y riendo, pero su voz nos quedaba tan lejos a Jordan y a mí como el vocerío extranjero en la acera o el tumulto del tren elevado allá arriba. La simpatía humana tiene sus límites, y nos conformamos con dejar que todos sus argumentos trágicos se esfumaran junto con las luces de la ciudad que quedaba atrás. Treinta: la promesa de una década de soledad, una lista menguante de solteros conocidos, un maletín menguante de entusiasmo, cabello menguante. Pero ahí estaba Jordan a mi lado, quien, a diferencia de Daisy, era demasiado sensata para arrastrar jamás sueños medio olvidados de una edad a otra. Al cruzar el oscuro puente, su rostro pálido se recostó perezosamente contra el hombro de mi abrigo y el formidable golpe de los treinta se desvaneció con la tranquilizadora presión de su mano.
Así seguimos avanzando hacia la muerte a través del crepúsculo que se enfriaba.
El joven griego, Michaelis, que regentaba el café junto a los cenizales, fue el principal testigo en la investigación judicial. Había dormido durante las horas de calor hasta pasadas las cinco, hora en que se acercó caminando al garaje y encontró a George Wilson enfermo en su oficina; verdaderamente enfermo, tan pálido como su