mi finlandesa que regresara, así que conduje hasta el pueblo de West Egg para buscarla entre callejuelas empapadas y encaladas, y para comprar unas tazas, limones y flores.
Las flores eran innecesarias, pues a las dos en punto llegó un invernadero procedente de la casa de Gatsby, con innumerables recipientes para contenerlas.
Una hora más tarde la puerta principal se abrió con nerviosismo y Gatsby, con un traje de franela blanca, camisa plateada y corbata de color dorado, se apresuró a entrar. Estaba pálido y había oscuros signos de falta de sueño bajo sus ojos.
—¿Está todo bien? —preguntó de inmediato.
«El césped se ve bien, si es a eso a lo que te