minutos que se había marchado de la entrada de Gatsby. El saliente afilado de un muro explicaba la pérdida de la rueda, que ahora atraía la considerable atención de media docena de chóferes curiosos. Sin embargo, como habían dejado sus autos bloqueando el camino, un estrépito áspero y discordante proveniente de los que venían atrás se había dejado oír desde hacía un rato, y se sumaba a la ya violenta confusión de la escena.
Un hombre con un abrigo largo de montar había desmontado del carruaje y ahora estaba de pie en medio del camino, mirando del coche al neumático y del neumático a los espectadores de una manera amable y desconcertada.
“¡Mira!”, explicó. “Fue a parar a la zanja”.
El hecho le resultaba infinitamente asombroso, y yo reconocí