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nydus/The Great GatsbyPublic
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VI

estado holgazaneando por la playa aquella tarde con un jersey verde desgarrado y unos pantalones de lona, pero ya era Jay Gatsby quien pidió prestado un bote de remos, se acercó al Tuolomee e informó a Cody que un viento podía alcanzarlo y destrozarlo en media hora.

Supongo que ya tenía el nombre preparado desde mucho antes, incluso entonces. Sus padres eran gente de campo atolondrada y fracasada; su imaginación jamás los había aceptado en realidad como sus padres. La verdad era que el Jay Gatsby de West Egg, Long Island, brotó de su propia concepción platónica de sí mismo. Era un hijo de Dios —frase que, si significa algo, significa exactamente eso— y debía ocuparse de los asuntos de su Padre: el servicio a una belleza vasta, vulgar y meretricia. Así que inventó exactamente el tipo de Jay Gatsby que un muchacho de diecisiete años probablemente inventaría, y a esa concepción le fue fiel hasta el final.

Por más de un año se había abierto paso a lo largo de la orilla sur del lago Superior como marisquero y pescador de salmones o en cualquier otra ocupación que le proporcionara comida y cama.

Su cuerpo moreno y curtido vivía con naturalidad el trabajo medio feroz, medio perezoso de aquellos días estimulantes.

Conoció a las mujeres temprano y, dado que ellas lo malcriaban, llegó a despreciarlas; a las jóvenes vírgenes por ignorantes, y a las demás por histeriquear con cosas que él, en su abrumador egocentrismo, daba por sentadas.

Pero su corazón se debatía en un motín constante y turbulento. Las ocurrencias más grotescas y fantásticas lo asaltaban en su cama por las noches. Un universo de inefable gaudería se hilvanaba en su cerebro mientras el reloj hacía tictac en la mesa de lavabo y la luna empapaba con luz húmeda

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