Un poco más tarde, Michaelis tuvo que pedirle al último desconocido que esperara allí quince minutos más, mientras él volvía a su propia casa y preparaba una taza de café. Después de eso, se quedó allí a solas con Wilson hasta el amanecer.
Alrededor de las tres, la calidad del balbuceo incoherente de Wilson cambió: se calmó y empezó a hablar sobre el carro amarillo. Anunció que tenía una forma de averiguar a quién pertenecía el carro amarillo, y luego soltó de repente que un par de meses atrás su esposa había regresado de la ciudad con la cara moreteada y la nariz hinchada.
Pero cuando se oyó a sí mismo decir esto, se encogió y volvió a gritar: «¡Oh, Dios mío!», otra vez con su voz llena de gemidos. Michaelis hizo un torpe intento por distraerlo.
—¿Cuánto tiempo llevas casado, George? Vamos, a ver, intenta estarte quieto un minuto y responde a mi pregunta. ¿Cuánto tiempo llevas casado?