que se alquilaban por doce o quince mil la temporada. La de mi derecha era un caserón colosal bajo cualquier criterio: era la imitación literal de algún Hôtel de Ville de Normandía, con una torre en un costado, flamante bajo una rala barba de hiedra tierna, una piscina de mármol y más de cuarenta acres de césped y jardín. Era la mansión de Gatsby. O, más bien, como yo no conocía al señor Gatsby, era una mansión habitada por un caballero de ese nombre. Mi propia casa era una monstruosidad, pero una pequeña monstruosidad, y había pasado desapercibida, así que tenía vista al agua, una vista parcial del césped de mi vecino y la consoladora proximidad de los millonarios, todo por ochenta dólares al mes.
Al otro lado de la bahía de cortesía, los blancos palacios del elegante East Egg brillaban junto al agua, y la historia del verano en realidad comienza la tarde en que conduje hasta allí para cenar con los Tom Buchanan.
Daisy era mi prima segunda lejana, y a Tom lo había conocido en la universidad. E inmediatamente después de la guerra pasé dos días con ellos en Chicago.
Su marido, entre varias dotes físicas, había sido uno de los ends más potentes que jamás habían jugado al fútbol americano en New Haven; una figura nacional en cierto modo, uno de esos hombres que alcanzan una excelencia tan aguda y limitada a los veintiún años que todo lo posterior sabe a anticlimax. Su familia era enormemente rica —ya en la universidad su libertad con el dinero era motivo de reproche—, pero ahora