—explicó el criminal—. Yo no iba conduciendo. Hay otro hombre en el coche.
El impacto que siguió a esta declaración se tradujo en un «¡Ah-h-h!» prolongado mientras la puerta del cupé se abría lentamente. La multitud —ahora ya era una multitud— retrocedió involuntariamente, y cuando la puerta estuvo de par en par se hizo un silencio fantasmal.
Luego, muy poco a poco, parte por parte, un individuo pálido y desgarbado salió del montón de chatarra, tanteando dubitativo el suelo con un zapato de baile grande e inseguro.
Cegado por el brillo de los faros y confundido por el incesante bramido de las bocinas, la aparición se quedó tambaleándose un momento antes de percibir al hombre con el abrigo antipolvo.
“¿Qué pa’só?”, preguntó con calma. “¿Se nos acabó la ga’olina?”