que hablaríamos de eso en otro momento”.
—Le ruego que me disculpe —dijo el señor Wolfshiem—, me equivoqué de persona.
Un guisado suculento llegó, y el señor Wolfshiem, olvidando la atmósfera más sentimental del viejo Metropole, empezó a comer con ferocidad delicada. Sus ojos, mientras tanto, recorrían muy despacio todo el salón; completó el arco girándose para inspeccionar a la gente que estaba justo detrás. Creo que, de no haber sido por mi presencia, habría pegado un rápido vistazo debajo de nuestra propia mesa.
—Mire usted, viejo amigo —dijo Gatsby, inclinándose hacia mí—, temo haberle enfadado un poco esta mañana en el coche.
Allí estaba la sonrisa de nuevo, pero esta vez me resistí a ella.
—No me gustan los misterios —contesté—, y no entiendo por qué