había dejado Chicago y se habí trasladado al Este de una manera que te dejaba sin aliento: por ejemplo, se había traído una recua de ponis de polo desde Lake Forest. Costaba darse cuenta de que un hombre de mi propia generación fuera lo suficientemente rico como para hacer algo así.
Por qué vinieron al Este, no lo sé. Habían pasado un año en Francia sin ningún motivo en particular, y luego habían deambulado sin reposo de aquí para allá, allí donde la gente jugaba al polo y era rica en compañía. Aquello era un traslado definitivo, dijo Daisy por teléfono, pero yo no lo creía; no tenía acceso al corazón de Daisy, pero sentía que Tom seguiría deambulando para siempre en busca, con un poco de nostalgia, de la turbulencia dramática de algún partido de fútbol irreecuperable.
Y así ocurrió que en una cálida y ventosa tarde conduje hasta East Egg para ver a dos viejos amigos a quienes apenas conocía. Su casa era aún más ostentosa de lo que esperaba, una alegre mansión colonial georgiana de ladrillo rojo y blanco, con vistas a la bahía. El césped comenzaba en la playa y corría hacia la puerta principal durante un cuarto de milla, saltando sobre relojes de sol y caminos de ladrillo y jardines ardientes —para finalmente, al llegar a la casa, trepar por la fachada en luminosas enredaderas como si fuera por el impulso de su carrera. La fachada estaba interrumpida por una línea de ventanas francesas, que brillaban ahora con oro reflejado y abiertas de par en par a la cálida y