El mayordomo me dio la dirección de su oficina en Broadway, y llamé a Información, pero para cuando conseguí el número pasaba mucho de las cinco y nadie contestó al teléfono.
¿Volverá a llamar?
—He llamado tres veces.
“Es muy importante”.
“Perdón. Me temo que no hay nadie”.
Volví al salón y por un instante pensé que eran visitantes fortuitos, toda esa gente oficial que de repente lo llenaba. Pero, aunque retiraron la sábana y miraron a Gatsby con ojos consternados, su protesta continuaba en mi cerebro:
“Mire, viejo amigo, tiene que conseguirme a alguien. Tiene que esforzarse. No puedo pasar por esto solo”.
Alguien comenzó a hacerme preguntas, pero me zafé y, subiendo las plantas, registré apresuradamente la parte sin llave de su escritorio —nunca me había dicho con certeza que sus padres estuvieran muertos—. Pero no había nada —solo el cuadro de Dan Cody, testimonio de una violencia olvidada, mirando fijo desde la pared.
A la mañana siguiente envié al mayordomo a Nueva York con una carta para Wolfshiem en la que le pedía información y le urgía a tomar el siguiente tren. Esa petición me pareció superflua mientras la escribía. Estaba seguro de que saldría en cuanto viera los periódicos, del mismo modo que estaba seguro de que llegaría un telegrama de Daisy antes del mediodía; pero ni llegó el telegrama ni apareció el señor Wolfshiem; no apareció nadie, salvo más policías, fotógrafos y periodistas. Cuando el mayordomo trajo la respuesta de Wolfshiem, empecé a