y lloró en su pañuelo, como si la mera insinuación fuera más de lo que podía soportar. Así, Wilson quedó reducido a un hombre «desquiciado por el dolor» para que el caso pudiera mantenerse en su forma más simple. Y ahí quedó zanjado.
Pero toda esa parte me parecía remota y poco esencial. Me encontré del lado de Gatsby, y solo. Desde el momento en que telefoneé con la noticia de la catástrofe al pueblo de West Egg, cada conjetura sobre él, y cada cuestión práctica, me fueron remitidas. Al principio me sentí sorprendido y confuso; luego, mientras él yacija en su casa y no se movía ni respiraba ni hablaba, hora tras hora, fui comprendiendo que yo era el responsable, porque nadie más