realidad, me habían invitado. Un chófer con uniforme azul cerceta cruzó mi césped temprano aquel sábado por la mañana con una nota sorprendentemente formal de su empleador: sería todo un honor para Gatsby, decía, si yo asistía a su «pequeñita fiesta» esa noche. Me había visto varias veces y había tenido la intención de visitarme mucho antes, pero una peculiar combinación de circunstancias se lo había impedido—firmado Jay Gatsby, con letra majestuosa.
Vestido con franelas blancas, fui a su césped un poco después de las siete, y deambulé bastante incòmodo entre remolinos y corrientes de gente que no conocía —aunque aquí y allá había alguna cara que había visto en el tren de cercanías.
Me llamó la atención de inmediato la cantidad de jóvenes ingleses salpicados por todas partes; todos bien vestidos, todos con un aspecto un poco hambriento y todos hablando en voz baja y seria con estadounidenses sólidos y prósperos. Estaba seguro de que vendían algo: bonos, seguros o automóviles. Al menos, eran dolorosamente conscientes del dinero fácil en los alrededores y estaban convencidos de que era suyo por unas pocas palabras en el tono adecuado.
Apenas llegué hice el intento de encontrar a mi anfitrión, pero las dos o tres personas a quienes les pregunté por su paradero me miraron de una manera tan estupefacta, y negaron tan vehementemente cualquier conocimiento sobre sus movimientos, que me escabullí en dirección a la mesa de los cócteles, el único lugar del jardín donde un hombre solo podía demorarse sin parecer desamparado y sin propósito.
Iba en camino a