El domingo por la mañana, mientras las campanas de las iglesias repicaban en los pueblos de la ribera, el mundo y su querida regresaron a la casa de Gatsby y centellearon divertidos en su césped.
—Es un contrabandista —dijeron las jóvenes, moviéndose en algún lugar entre sus cócteles y sus flores—. Una vez mató a un hombre que había descubierto que era sobrino de Von Hindenburg y primo segundo del diablo. Alcánzame una rosa, cariño, y sírveme una última gota en esa copa de cristal de ahí.
Una vez anoté en los espacios vacíos de un horario de trenes los nombres de aquellos que fueron a la casa de Gatsby aquel verano.
Ahora es un viejo horario, desintegrándose por los pliegues, y encabezado con el texto «Este horario entra en vigor el 5 de julio de 1922».
Pero aún puedo leer los nombres grises, y les darán una impresión mejor que mis generalidades de quienes aceptaron la hospitalidad de Gatsby y le rindieron el sutil tributo de no saber absolutamente nada sobre él.
Desde East Egg, pues, venían los Chester Becker y los Leech, y un hombre llamado Bunsen, a quien conocí en Yale, y el doctor Webster Civet, que se ahogó el verano pasado allá en Maine. Y los Hornbeam y los Willie Voltaire, y todo un clan apellidado Blackbuck, que siempre se reunía en un rincón y arrugaba la nariz como las cabras ante cualquiera que se acercara. Y los Ismay y los Chrystie (o más bien Hubert Auerbach y la esposa del