se le había olvidado, eso es todo. Cuando salió de nuevo, un poco después de las siete, la conversación le vino a la memoria porque oyó la voz de la señora Wilson, fuerte y regañona, abajo en el garaje.
—¡Pégame! —la oyó gritar—. ¡Tírate al suelo y pégame, sucio cobarde de mierda!
Un momento después salió corriendo hacia la penumbra, agitando las manos y gritando; antes de que él pudiera moverse de su puerta, el asunto había terminado.
El «auto de la muerte», como lo llamaron los periódicos, no se detuvo; salió de la oscuridad que se iba cerrando, titubeó trágicamente por un momento y luego desapareció en la siguiente curva. Mavro Michaelis ni siquiera estaba seguro del color —le dijo al primer policía que era verde claro—. El otro carro, el que iba hacia Nueva York, se detuvo a cien yardas más allá, y su conductor se apresuró a regresar hacia donde Myrtle Wilson, con la vida violentamente apagada, yacía de hinojos en el camino, mezclando su espesa sangre oscura con el polvo.
Michaelis y este hombre llegaron primero hasta ella, pero cuando le arrancaron la blusa, aún húmeda de sudor, vieron que su seno izquierdo colgaba suelto como un jirón, y ya no hacía falta auscultar el corazón que latía debajo. La boca estaba muy abierta y desgarrada un poco en las comisuras, como si