expuesto, por capricho de un gobierno impersonal, a ser lanzado a cualquier rincón del mundo.
Pero no se despreciaba a sí mismo y las cosas no salieron como se lo había imaginado. Es probable que su intención hubiera sido aprovechar lo que pudiera y marcharse, pero ahora descubría que se había comprometido a la búsqueda de un grial.
Sabía que Daisy era extraordinaria, pero no se daba cuenta de cuán extraordinaria podía llegar a ser una chica «agradable». Ella se desvaneció en su rica casa, en su rica y plena vida, dejando a Gatsby con nada. Se sentía casado con ella, eso era todo.
Cuando volvieron a encontrarse, dos días después, fue Gatsby quien llegó sin aliento, quien se sintió, de algún modo, traicionado.
Su porche resplandecía con el lujo comprado del brillo estelar; el mimbre del canapé crujió con elegancia cuando ella se giró hacia él y él besó su boca extraña y encantadora.
Se había resfriado, lo que hacía que su voz fuera más ronca y encantadora que nunca, y Gatsby era abrumadoramente consciente de la juventud y el misterio que la riqueza aprisiona y conserva, de la frescura de los múltiples vestidos y de Daisy, reluciente como la plata, a salvo y orgullosa por encima de las cálidas luchas de los pobres.
—No puedo describirte lo sorprendido que me quedé al descubrir que la amaba, viejo. Incluso tuve la esperanza durante un tiempo de que me diera calabazas, pero no lo hizo, porque ella también estaba enamorada de mí. Creía que yo sabía mucho porque sabía cosas distintas a las suyas…
Bueno, allí me encontraba, muy lejos de mis ambiciones, enamorándome más a cada minuto, y de repente dejó de importarme. ¿De qué servía hacer grandes cosas si podía pasarlo mejor diciéndole lo que iba a hacer?