y las islas pródigas y benditas.
—Ahí tienes diversión —dijo Tom, asentando con la cabeza—. Me gustaría estar ahí fuera con él durante una hora más o menos.
Almorzamos en el comedor, también oscurecido contra el calor, y ahogamos una alegría nerviosa con la cerveza fría.
—¿Qué vamos a hacer con nuestras vidas esta tarde? —exclamó Daisy—, ¿y pasado mañana, y los próximos treinta años?
—No seas morbosa —dijo Jordan—. La vida vuelve a empezar de cero cuando llega el frescor del otoño.
«Pero hace tanto calor —insistió Daisy, al borde de las lágrimas—, y todo es tan confuso. ¡Vayámonos todos a la ciudad!»
Su voz se abrió paso con esfuerzo a través