su ropa enredada sobre el suelo. Cada noche añadía algo al diseño de sus fantasías hasta que la somnolencia clausuraba alguna escena vívida con un abrazo de olvido. Durante un tiempo, estos devaneos sirvieron de válvula de escape para su imaginación; eran un indicio satisfactorio de la irrealidad de la realidad, la promesa de que la roca del mundo estaba cimentada con seguridad sobre el ala de un hada.
Un instinto hacia su futura gloria lo había llevado, unos meses antes, al pequeño colegio luterano de St. Olaf, en el sur de Minnesota.
Se quedó allí dos semanas, consternado por la feroz indiferencia del centro hacia los tambores de su sino, hacia el sino mismo, y despreciando el trabajo de bedel con el que iba a pagarse los estudios.
Luego regresó a la deriva al lago Superior, y aún seguía buscando algo que hacer el día en que el yate de Dan Cody ancló en las aguas poco profundas de la costa.
Cody tenía entonces cincuenta años, un producto de los yacimientos de plata de Nevada, del Yukón, de cada fiebre de metales desde el setenta y cinco. Las transacciones de cobre en Montana que lo convirtieron en varias veces millonario lo hallaron físicamente robusto pero al borde de la insensatez, y, al sospechar esto, un número infinito de mujeres trataron de separarlo de su dinero.
Las ramificaciones no muy edificantes mediante las cuales Ella Kaye, la periodista, hizo de Madame de Maintenon ante su debilidad y lo mandó a alta mar en un yate, eran de dominio público en el periodismo farragoso de 1902. Llevaba cinco años navegando a lo largo de costas demasiado hospitalarias cuando apareció como el destino de James Gatz en la bahía de Little Girl.