recuerdos.
—¿Qué lugar es ese? —pregunté.
“El viejo Metropole”.
—El viejo Metropole —meditaba el señor Wolfshiem con sombría melancolía—. Lleno de rostros muertos y desaparecidos. Lleno de amigos que ya se han ido para siempre. No puedo olvidar mientras viva la noche en que balearon a Rosy Rosenthal allí. Éramos seis en la mesa, y Rosy había comido y bebido mucho toda la noche. Cuando casi amanecía, el mozo se le acercó con una expresión rara y le dijo que alguien quería hablar con él afuera. «Está bien», dice Rosy, y empieza a levantarse, y yo lo tiré de nuevo hacia la silla.
—«Que entren los cabrones aquí si te quieren, Rosy, pero a mí que me aspen si te muevo fuera de esta habitación».
«Eran las