pues soltó mi mano y cubrió a Gatsby con su expresiva nariz.
“Le entregué el dinero a Katspaugh y le dije: ‘Muy bien, Katspaugh, no le pagues ni un centavo hasta que cierre la boca’. La cerró allí mismo”.
Gatsby tomó del brazo a cada uno de nosotros y avanzó hacia el restaurante, momento en el cual el señor Wolfshiem se tragó una nueva frase que estaba empezando y cayó en una abstracción sonambulesca.
“¿Highballs?” preguntó el maître.
—Este es un lindo restaurante aquí —dijo el señor Wolfshiem, mirando a las ninfas presbiterianas del techo—. ¡Pero me gusta más el de enfrente!
“Sí, highballs”, convino Gatsby, y luego a mr. Wolfshiem:
“Hace demasiado calor por allá”.
—Caliente y pequeño, sí —dijo el señor Wolfshiem—, pero lleno de