por un momento creí que la amaba. Pero soy de pensamiento lento y estoy lleno de normas internas que actúan como frenos para mis deseos, y sabía que primero tenía que sacarme definitivamente de aquel lío allá en casa. Había estado escribiendo cartas una vez por semana y las firmaba: «Con amor, Nick», y en lo único que podía pensar era en cómo, cuando aquella muchacha jugaba al tenis, le aparecía un leve bigote de sudor en el labio superior. A pesar de todo, existía un vago entendimiento que debía romperse con tacto antes de que yo fuera libre.
Todo el mundo sospecha que posee al menos una de las virtudes cardinales, y esta es la mía: soy una de pocas personas honestas que he conocido en mi vida.