Tuvieron dificultad para localizar a la hermana, Catherine. Esa noche debió de haber roto su regla de no beber, pues cuando llegó estaba aturdida por el licor e incapaz de comprender que la ambulancia ya se había marchado a Flushing.
Cuando la convencieron de ello, se desmayó de inmediato, como si esa fuera la parte intolerable del asunto. Alguien, bondadoso o curioso, la subió a su auto y la condujo tras el rastro del cuerpo de su hermana.
Hasta bien entrada la madrugada, una muchedumbre cambiante rompió contra la fachada del garaje, mientras George Wilson se mecía de atrás a adelante en el sofá del interior. Durante un rato la puerta de la oficina estuvo abierta, y todos los que entraban al garaje miraban irresistiblemente a través de ella. Por fin alguien dijo que era una pena, y cerró la puerta. Michaelis y varios hombres más estaban con él; primero, cuatro o cinco hombres, más tarde dos o tres hombres.