distancia—, «y este tal Gatsby mandó a su chófer con una invitación».
Por un momento me miró como si no terminara de comprender.
—Soy Gatsby —dijo de repente.
—¡Cómo! —exclamé—. Oh, le pido mil disculpas.
“Creí que lo sabía, viejo. Me temo que no soy un muy buen anfitrión”.
Él sonrió con comprensión—mucho más que con comprensión. Era una de esas raras sonrisas con una cualidad de eterna seguridad en sí misma, de esas con las que uno se tropieza cuatro o cinco veces en la vida. Se enfrentaba—o parecía enfrentarse— al mundo entero y eterno por un instante, y luego se concentraba en ti con un irresistible prejuicio a tu favor. Te comprendía exactamente hasta el punto en que tú querías ser comprendido, creía en ti tal como a ti te gustaría creer en ti mismo, y te aseguraba que tenía exactamente la impresión de ti que, en tu mejor momento, esperabas transmitir. Precisamente en ese punto se desvanecía— y yo me quedaba mirando a un elegante y joven granuja, de algo más de treinta años, cuya elaborada formalidad al hablar rozaba el absurdo. Un buen rato antes de presentarse, ya me había dado la fuerte impresión de que elegía las palabras con mucho cuidado.
Casi en el momento en que el señor Gatsby se hubo presentado, un mayordomo se apresuró hacia él con la noticia de que Chicago lo llamaba por teléfono. Se disculpó con una leve reverencia que nos incluyó a cada uno de nosotros a su turno.
—Si quiere algo, no tiene más que pedirlo,