perlas valorado en trescientos cincuenta mil dólares.
Fui dama de honor. Entré en su habitación media hora antes de la cena nupcial y la encontré tendida en su cama, tan encantadora como la noche de junio con su vestido floreado, y borracha perdida. Tenía una botella de Sauterne en una mano y una carta en la otra.
—«Felícitame», murmuró. «Nunca antes había tomado un trago, pero ay, cómo lo disfruto».
—¿Qué pasa, Daisy?
Tenía miedo, se lo aseguro; nunca antes había visto a una chica así.
—Aquí tienen, queridos. —Rebuscó a tientas en una papelera que tenía con ella sobre la cama y sacó el collar de perlas—. Llévenos abajo y devuélvansélos a quien pertenezcan. Díganles a todos que Daisy ha cambiao de opinión. Digan: «¡Daisy ha cambiao de opinión!».
Empezó a llorar—lloró y lloró. Salí corriendo y encontré a la doncella de su madre, y cerramos con llave y la metimos en un baño frío. No soltaba la carta. Se la llevó a la bañera con ella y la estrujó hasta hacer una bola mojada, y solo dejó que la pusiera en la jabonera cuando vio que se estaba deshaciendo como la nieve.
Pero no volvió a decir una sola palabra. Le dimos esencias de amoníaco y le pusimos hielo en la frente y la volvimos a meter a empujones en su vestido, y media hora más tarde, cuando salimos de la habitación, las perlas estaban alrededor de su cuello y el incidente había terminado. Al día siguiente a las cinco en punto se