Fue cuando la curiosidad por Gatsby estaba en su punto más alto cuando las luces de su casa no se encendieron un sábado por la noche y, tan oscuramente como había comenzado, su carrera como Trimalción había terminado. Solo gradualmente me percaté de que los automóviles que entraban con expectación en su camino de entrada se detenían apenas un minuto y luego se alejaban de mal humor. Preguntándome si estaría enfermo, fui a averiguar; un mayordomo desconocido con una cara villanesca me miró entrecerrando los ojos con sospecha desde la puerta.
—¿Está enfermo el señor Gatsby?
“Nones.” Tras una pausa, añadió «señor» de un modo moroso y remiso.
“No lo había visto por aquí,