propio cabello pálido y temblando por completo. Michaelis le aconsejó que se fuera a la cama, pero Wilson se negó, diciendo que si lo hacía perdería muchos clientes. Mientras su vecino intentaba convencerlo, estalló un violento escándalo en la planta alta.
—Tengo a mi mujer encerrada ahí arriba —explicó Wilson con calma—. Va a quedarse ahí hasta pasado mañana, y luego nos iremos a otra parte.
Michaelis estaba asombrado; habían sido vecinos durante cuatro años, y Wilson nunca le había parecido remotamente capaz de una afirmación semejante.
Por lo general, era uno de esos hombres agotados: cuando no estaba trabajando, se sentaba en una silla en el umbral y se quedaba mirando a la gente y a los coches que pasaban por la carretera.
Cuando alguien le hablaba, invariablemente se reía de una manera agradable e incolora. Era el hombre de su mujer y no el suyo propio.
Así que naturalmente Michaelis trató de averiguar qué había pasado, pero Wilson no quiso decir una palabra; en su lugar, empezó a lanzar miradas extrañas y sospechosas a su visitante y a preguntarle qué había estado haciendo a ciertas horas en ciertos días. Justo cuando este último empezaba a inquietarse, unos obreros pasaron por la puerta rumbo a su restaurante, y Michaelis aprovechó la oportunidad para marcharse, con la intención de volver más tarde. Pero no volvió. Supuso que