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nydus/The Great GatsbyPublic
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Table of Contents

I

—un año escribí una serie de editoriales muy solemnes y obvias para el Yale News— y ahora iba a recuperar todas esas cosas en mi vida y volver a ser esa especie de especialista tan limitada, el «hombre integral». Esto no es solo un epigrama; al fin y al cabo, la vida se contempla con mucho más éxito desde una sola ventana.

Fue cuestión del destino que yo hubiera alquilado una casa en una de las comunidades más extrañas de Norteamérica. Quedaba en aquella esbelta y agitada isla que se extiende hacia el este de Nueva York⁠—y donde hay, entre otras curiosidades naturales, dos formaciones de tierra insólitas. A veinte millas de la ciudad, un par de enormes huevos, idénticos en su contorno y separados tan solo por una bahía de cortesía, se adentran en la masa de agua salada más domesticada del hemisferio occidental, el gran corral mojado del estrecho de Long Island. No son óvalos perfectos⁠—como el huevo de la historia de Colón, ambos están aplastados en el extremo de contacto⁠—, pero su parecido físico debe ser motivo de asombro perpetuo para las gaviotas que vuelan por encima. Para los ápteros, un fenómeno más interesante es su disimilitud en todos los aspectos, salvo en la forma y el tamaño.

Vivía en West Egg, el —bueno, el menos elegante de los dos, aunque esta sea una etiqueta de lo más superficial para expresar el contraste bizarro y no poco siniestro entre ambos. Mi casa estaba en el extremo mismo del huevo, a solo cincuenta yardas del estrecho, y comprimida entre dos enormes propiedades

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