que se clavaban en la tierra blanda. También llevaba una falda de cuadros nueva que ondeaba un poco con el viento, y cada vez que esto ocurría, las banderas rojas, blancas y azules de delante de todas las casas se estiraban rígidamente y decían tictictictic, en señal de desaprobación.
El mayor de los estandartes y el mayor de los céspedes pertenecían a la casa de Daisy Fay. Tenía apenas dieciocho años, dos más que yo, y era de lejos la más popular de todas las jóvenes de Louisville. Se vestía de blanco, tenía un pequeño roadster blanco, y durante todo el día sonaba el teléfono en su casa y jóvenes oficiales entusiasmados del campamento Taylor exigían el privilegio de monopolizarla esa noche.
«¡De todas formas, por una hora!»
Cuando pasé frente a su casa aquella mañana, su roadster blanco estaba junto al bordillo, y ella iba sentada en él con un teniente que yo nunca antes había visto.
Estaban tan ensomismados el uno con el otro que no me vio hasta que estuve a metro y medio.
—Hola, Jordan —lo llamó de repente—. Por favor, ven aquí.
Me sentí halagada de que quisiera hablar conmigo, porque de todas las chicas mayores era a la que más admiraba. Me preguntó si iba a la Cruz Roja a hacer vendas. Sí iba. Bueno, entonces, ¿podría avisarles que ese día ella no podría ir? El oficial miró a Daisy mientras hablaba de la manera en que toda joven desea que la miren alguna vez, y como