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nydus/Mrs. DallowayPublic
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La señora Dalloway

verdad creía que era un buen tipo a su manera, a pesar de que Richard casi se volvía loco con él y, en cuanto a Peter Walsh, jamás de los jamases la había perdonado por que le cayera bien.

Podía recordar escena tras escena en Bourton: Peter furioso; Hugh no era, por supuesto, rival para él de ningún modo, pero tampoco un imbécil redomado como aseguraba Peter; ni un mero maniquí de peluquería.

Cuando su anciana madre le pedía que dejara de cazar o que la llevara a Bath, lo hacía sin decir una palabra; era verdaderamente desinteresado, y en cuanto a decir, como hacía Peter, que no tenía corazón, ni cerebro, nada más que los modales y la educación de un caballero inglés, eso no era más que su querido Peter en su peor momento; y podía llegar a ser intolerable; podía llegar a ser imposible; pero adorable para pasear con él en una mañana como esta.

(Junio había sacado todas las hojas de los árboles. Las madres de Pimlico amamantaban a sus pequeños. Cruzaban mensajes desde la flota hasta el Almirantazgo. Arlington Street y Piccadilly parecían rozar el aire mismo del parque y levantar sus hojas con fervor, brillantemente, sobre olas de aquella vitalidad divina que Clarissa amaba. Bailar, cabalgar, lo había adorado todo.)

Pues podían separarse por cientos de años, ella y Peter; ella nunca escribía una carta y las de él eran ramas secas; pero de repente le asaltaba la idea, si estuviera conmigo ahora, ¿qué diría?—algunos días, algunas visiones que se lo devolvían con serenidad, sin la antigua amargura; lo cual tal vez era la recompensa de haberse importado la gente; volvían en medio de St. James’s Park en una hermosa mañana—en verdad que sí. Pero Peter—por muy hermoso que fuera el día, y los árboles y la

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