Tenía que telefonear ahora mismo.
Con locuacidad, con turbación, sonó el reloj rezagado, que llegó a la zaga del Big Ben con el regazo lleno de fruslerías.
Machacadas, deshechas por el asalto de los carruajes, la brutalidad de las furgonetas, el ansioso avance de miríadas de hombres angulosos, de mujeres ostentosas, las cúpulas y agujas de oficinas y hospitales, las últimas reliquias de este regazo lleno de baratijas parecieron romperse, como la espuma de una ola extenuada, contra el cuerpo de la señorita Kilman, que se detuvo un momento en la calle para murmurar: «Es la carne».
Era la carne lo que debía dominar. Clarissa Dalloway la había insultado. Eso se lo esperaba. Pero no había triunfado; no había dominado la carne. Fea, torpe, Clarissa Dalloway se había reído de ella por ser así; y había reavivado los deseos carnales, pues le importaba tener el aspecto que tenía junto a Clarissa. Tampoco sabía hablar como ella. ¿Pero por qué desear parecerse a ella? ¿Por qué? Despreciaba a la señora Dalloway desde el fondo de su corazón. No era seria. No era buena. Su vida era un tejido de vanidad y engaño. Sin embargo, Doris Kilman había sido vencida. De hecho, había estado a punto de romper a llorar cuando Clarissa Dalloway se reía de ella. «Es la carne, es la carne», murmuraba (siendo su costumbre hablar en voz alta), intentando someter este sentimiento turbulento y doloroso mientras caminaba por Victoria Street. Rezaba a Dios. No podía evitar ser fea; no podía permitirse comprar ropa bonita. Clarissa Dalloway se había reído, pero concentraría su mente en otra cosa hasta llegar al buzón. Al menos tenía a Elizabeth. Pero pensaría en otra cosa; pensaría en Rusia; hasta llegar al buzón.
Qué bonito debe ser, decía, en el campo, luchando, como le había dicho el señor Whittaker,