sentía que ellos seguían, seguían, algunos bastante mayores, algunos…
¿Qué nombre? ¿Lady Rosseter? Pero ¿quién demonios era Lady Rosseter?
«¡Clarissa!». ¡Esa voz! ¡Era Sally Seton! ¡Sally Seton!, ¡después de todos estos años! Emergía a través de una neblina. Porque ella no había tenido ese aspecto, Sally Seton, cuando Clarissa agarró la jarra de agua caliente, ¡al pensar en ella bajo este techo, bajo este techo! ¡No con ese aspecto!
Todos apelotonados, avergonzados, riendo, las palabras salían atropelladas: de paso por Londres; me enteré por Clara Haydon; ¡qué oportunidad de verte! Así que me colé, sin invitación. …
Uno podía dejar la lata de agua caliente con toda tranquilidad. El brillo se le había apagado. Sin embargo, era extraordinario verla de nuevo, más vieja, más feliz, menos hermosa. Se besaron, primero en una mejilla, luego en la otra, junto a la puerta del salón, y Clarissa se volvió, con la mano de Sally