de Clarissa, siempre andaba por allí, totalmente distinta a ella, un ser atractivo, guapa, morena, con la fama en aquellos días de ser muy atrevida y él solía regalarle puros, que ella se fumaba en su dormitorio. O bien había estado prometida con alguien o se había peleado con su familia y al viejo Parry les tenía la misma ojeriza a ambos, lo cual era un gran vínculo.) Entonces Clarissa, todavía con aires de estar ofendida con todos ellos, se levantó, puso cualquier pretexto y se fue, sola. Al abrir la puerta, entró aquel gran perrovejuno que perseguía a las ovejas. Se abalanzó sobre él, se desvivió en arrobos. Era como si le dijera a Peter —todo iba dirigido a él, lo sabía—: «Sé que hace un momento te he parecido ridícula por lo de esa mujer; ¡pero mira qué extraordinariamente comprensiva soy; mira cómo quiero a mi
Tenían siempre esta extraña facultad de comunicarse sin palabras. Ella advertía al instante cuando él la criticaba. Entonces hacía algo muy evidente para defenderse, como este embrollo con el perro, pero a él nunca la engañaba, siempre veía a través de Clarissa. No es que dijera nada, por supuesto; se limitaba a quedarse allí sentado con cara de mal humor. Así era como solían empezar sus discusiones.
Ella cerró la puerta. Al punto él cayó en una profunda depresión. Todo aquello le pareció inútil—seguir enamorado; seguir discutiendo; seguir reconciliándose—, y se alejó solo, entre cocheras y cuadras, mirando a los caballos. (El lugar era bastante modesto; los Parry nunca habían estado muy boyantes; pero siempre había palafreneros y muchachos de caballeriza por allí—a Clarissa le encantaba montar— y un viejo cochero—¿cómo se llamaba?—, una vieja niñera, la vieja Moody, la vieja Goody, algún nombre así la llamaban, a quien uno iba a visitar a una