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nydus/Mrs. DallowayPublic
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La señora Dalloway

con las Armas Reales, quién iba a ser sino Hugh Whitbread; su viejo amigo Hugh, ¡el admirable Hugh!

—¡Buenos días, Clarissa! —dijo Hugh, con bastante exageración, pues se conocían desde niños—. ¿A dónde vas?

—Me encanta pasear por Londres —dijo la señora Dalloway—. De verdad, es mejor que pasear por el campo.

Acababan de venir —por desgracia— a ver a los médicos. Otra gente venía a ver cuadros; a ir a la ópera; a sacar a sus hijas; los Whitbread venían «a ver a los médicos». Infinidad de veces había visitado Clarissa a Evelyn Whitbread en un sanatorio. ¿Estaba enferma Evelyn otra vez? Evelyn andaba bastante indispuesta, dijo Hugh, insinuando mediante una especie de puchero o hinchazón de su muy bien cubierto, varonil, extremadamente apuesto y perfectamente entallado cuerpo (iba siempre casi demasiado arreglado, pero supuestamente tenía que ser así, con su puestecito en la Corte) que su esposa tenía alguna dolencia interna, nada grave, que, como vieja amiga, Clarissa Dalloway comprendería perfectamente sin necesidad de que él lo especificara. Ah, sí, claro que la comprendía; ¡qué lata!; y se sentía muy fraternal y extrañamente consciente al mismo tiempo de su sombrero. ¿No era el sombrero adecuado para primera hora de la mañana, era eso? Pues Hugh siempre la hacía sentirse, mientras se apresuraba, levantando el sombrero de forma bastante ostentosa y asegurándole que podría pasar por una muchacha de dieciocho años, y por supuesto que iba a venir a su fiesta esta noche, Evelyn insistía absolutamente, solo que tal vez llegaría un poco tarde después de la fiesta en el Palacio a la que tenía que llevar a uno de los muchachos de Jim; ella siempre se sentía un poco insignificante al lado de Hugh; como una colegiala; pero encariñada con él, en parte por haberlo conocido de toda la vida, aunque de

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