aquellos días? Era algo totalmente distinto, algo mucho más placentero; la verdad, por supuesto, era que ahora era ella la que estaba enamorada de él. Y tal vez esa fuera la razón por la cual, cuando el barco por fin zarpó, sintió un alivio extraordinario, no deseaba otra cosa que estar solo; le molestó encontrar en su camarote todas aquellas pequeñas atenciones —cuchillos de tabaco, notas, una manta para el viaje—. Todo el mundo, de ser sincero, diría lo mismo; a partir de los cincuenta uno no quiere a la gente; uno no quiere seguir diciéndoles a las mujeres que son bonitas; eso es lo que diría la mayoría de los hombres de cincuenta, pensó Peter Walsh, si fueran sinceros.
Pero luego esos ataques asombrosos de emoción—prorrumpir en lágrimas esta mañana, ¿a qué se debió todo eso? ¿Qué pudo haber pensado Clarissa de él? Lo habría tomado por un tonto seguramente, y no por primera vez. Era los celos lo que estaba en el fondo de aquello—los celos que sobreviven a cualquier otra pasión de la humanidad, pensó Peter Walsh, sosteniendo su navaja con el brazo extendido. Había estado viendo al mayor Orde, decía Daisy en su última carta; lo decía a propósito, bien lo sabía; lo decía para darle celos; podía verla arrugando la frente mientras escribía, preguntándose qué podría decir para herirlo; y sin embargo daba igual; ¡estaba furioso! Todo aquel lío de venir a Inglaterra y ver a los abogados no era para casarse con ella, sino para impedir que se casara con cualquier otro. Eso era lo que lo atormentaba, eso era lo que lo abrumaba cuando veía a Clarissa tan serena, tan fría, tan absorta en su vestido o en lo que fuera; al darse cuenta de lo que le podría haber ahorrado, de lo que lo había