dicho «Te quiero»; pero le sostenía la mano. La felicidad es esto, es esto, pensó.
“Pero ¿por qué habría de invitar a mis fiestas a todas las mujeres aburridas de Londres?”, dijo Clarissa. Y si la señora Marsham daba una fiesta, ¿acaso invitaba a sus invitados?
“Pobre Ellie Henderson”, dijo Richard; era de lo más extraño cuánto le importaban a Clarissa sus fiestas, pensó.
Pero Richard no tenía la menor idea de cómo debía ser una habitación. Sin embargo... ¿qué iba a decir?
Si a ella le preocupaban estas fiestas, él no la dejaría darlas.
¿Deseaba haberse casado con Peter? Pero él tenía que irse.
Tenía que marcharse, dijo, levantándose. Pero se quedó un momento de pie, como si fuera a decir algo; y ella se preguntó: ¿el qué? ¿Por qué? Ahí estaban las rosas.
“¿Algún comité?”, preguntó ella, mientras él abría la puerta.
—Armenios —dijo—; o tal vez albaneses.
Y hay