enseñar a Clarissa— y entonces, para su absoluta sorpresa, lanzado de repente por aquellas fuerzas incontrolables, arrojado por el aire, rompió a llorar; lloró; lloró sin la menor vergüenza, sentado en el sofá, con las lágrimas corriéndole por las mejillas.
Y Clarissa se había inclinado hacia adelante, le había tomado la mano, lo había atraído hacia sí, lo había besado—en realidad había sentido el rostro de él contra el suyo antes de poder reprimir el ondear de plumas plateadas que centelleaban como hierba de la pampa en un vendaval tropical en su pecho, las cuales, al calmarse, la dejaron tomando la mano de él, dándole palmaditas en la rodilla y, sintiéndose al recostarse extraordinariamente a sus anchas con él y despreocupada, de golpe le vino a la mente: ¡Si me hubiera casado con él, esta alegría habría sido mía todo el día!
Todo había terminado para ella. La sábana estaba estirada y la cama era estrecha. Había subido sola a la torre y los había dejado cogiendo moras bajo el sol. La puerta se había cerrado, y allí, entre el polvo del yeso caído y los restos de nidos de pájaros, qué distante se había visto el paisaje, y los sonidos llegaban tenues y fríos (una vez en Leith Hill, recordaba), y ¡Richard, Richard!, gritó, como quien duerme por la noche se sobresalta y extiende una mano en la oscuridad en busca de ayuda.
Al almorzar con Lady Bruton, aquello volvió a su mente. Me ha dejado; estoy sola para siempre, pensó, cruzando las manos sobre las rodillas.
Peter Walsh se había levantado y cruzado hacia la ventana y se había quedado de espaldas a ella, agitándose un pañuelo bandana de un lado a otro. Tenía un aspecto magistral, seco y desolado, con los omóplatos delgados levantándole ligeramente la americana; sonándose la nariz