fiestas) dejaría la puerta del vestíbulo entreabierta, y el vestíbulo se llenaría de caballeros esperando (se quedaban esperando, alisándose el pelo) mientras las señoras se quitaban las capas en la habitación del fondo del pasillo; donde la señora Barnet las ayudaba, la vieja Ellen Barnet, que llevaba cuarenta años con la familia, y venía todos los veranos a ayudar a las señoras, y recordaba a las madres cuando eran niñas, y aunque muy modesta sí daba la mano; decía «su señoría» muy respetuosamente, pero tenía un modo humorístico de ser, al mirar a las señoritas, y ayudando con tantísimo tacto a lady Lovejoy, que tenía algún problemita con su corpiño interior. Y no podían evitar sentir, lady Lovejoy y la señorita Alice, que se les concedía algún pequeño privilegio en cuestión de cepillo y peine por haber conocido a la señora Barnet: «Treinta años, su señoría», le apuntó la señora Barnet. Las señoritas no solían usar colorete, decía lady Lovejoy, cuando se alojaban en Bourton en los viejos tiempos. Y la señorita Alice no necesitaba colorete, decía la señora Barnet, mirándola con cariño. Allí se sentaba la señora Barnet, en el ropero, acomodando las pieles, alisando los mantones de españoles, ordenando el tocador, y sabiendo perfectamente, a pesar de las pieles y los bordados, qué señoras eran agradables y cuáles no. La querida anciana, decía lady Lovejoy, subiendo las escaleras, la vieja niñera de Clarissa.
Y entonces Lady Lovejoy se puso rígida. «Lady y señorita Lovejoy», le dijo al señor Wilkins (contratado para fiestas). Él tenía unos modales admirables, mientras se inclinaba y se enderezaba, se inclinaba y se enderezaba y anunciaba con perfecta imparcialidad: «Lady y señorita Lovejoy… Sir John y Lady Needham… Señorita Weld… Señor Walsh». Sus modales eran admirables; su vida familiar debía de ser irreprochable, excepto que parecía imposible