supuesto; era pensar en ella, criticarla, empezar de nuevo, después de treinta años, intentando explicarla.
Lo obvio que cabía decir de ella era que era mundana; se preocupaba demasiado por el rango y la alta sociedad y por triunfar en la vida, lo cual era cierto en cierto sentido; ella se lo había admitido. (Siempre se le podía arrancar una confesión si uno se tomaba la molestia; era honesta.) Lo que ella diría era que odiaba a los fachas, a los carcamales, a los fracasados, como él supuestamente; pensaba que la gente no tenía derecho a andar por ahí con desgana y las manos en los bolsillos; había que hacer algo, ser algo; y esos grandes potentados, esas duquesas, esas venerables y viejas condesas que uno encontraba en su salón, por indeciblemente lejanas que él las sintiera de cualquier cosa que importara un bledo, representaban algo real para ella. Lady Bexborough, dijo una vez, se mantenía erguida (también la propia Clarissa; jamás se relajaba en ningún sentido de la palabra; era derecha como una flecha, un poco rígida de hecho). Decía que tenían una clase de valor que, cuanto mayores se hacían, más respetaba ella.
En todo esto había mucho de Dalloway, por supuesto; mucho de ese espíritu cívico, del Imperio británico, de la reforma arancelaria, de clase dirigente, que se le había ido pegando, como suele ocurrir. Con el doble de ingenio que él, tenía que ver las cosas a través de sus ojos—una de las tragedias de la vida conyugal. Con un criterio propio, siempre andaba citando a Richard—¡como si uno no pudiera saber al dedillo lo que pensaba Richard con leer el Morning Post por la mañana! Estas fiestas, por ejemplo, eran todas para él, o para la idea que ella tenía de él (haciéndole justicia a Richard, habría sido