cortina.
No es que dijera nada, pues al estar solo solo podía dirigirse al camarero; era su manera de mirar la carta, de señalar con el índice un vino determinado, de arrimarse a la mesa, de entregarse a la cena con seriedad y no con gula, lo que se ganó su respeto; el cual, al tener que permanecer callado durante la mayor parte de la comida, estalló en la mesa donde se sentaban los Morris cuando se le oyó decir al señor Walsh al finalizar la cena: «Peras Bartlett».
Por qué había hablado con tanta moderación pero firmeza, con el aire de un disciplinario seguro de sus legítimos derechos fundamentados en la justicia, no lo sabían ni el joven Charles Morris, ni el viejo Charles, ni la señorita Elaine ni la señora Morris.
Pero cuando dijo «Peras Bartlett», sentado a solas en su mesa, sintieron que él contaba con su apoyo en alguna demanda justa; que era el defensor de una causa que de inmediato pasó a ser la suya, de modo que sus ojos se cruzaron con los suyos con complicidad, y cuando todos llegaron a la sala de fumadores al mismo tiempo, una breve charla entre ellos se volvió inevitable.
No era muy profunda—se limitaba a que Londres estaba abarrotado; había cambiado en treinta años; que al señor Morris le gustaba más Liverpool; que la señora Morris había estado en la exposición floral de Westminster, y que todos habían visto al Príncipe de Gales. Sin embargo, pensó Peter Walsh, ninguna familia en el mundo puede compararse con los Morris; ninguna en absoluto; y sus relaciones mutuas son perfectas, y les importa un bledo las clases altas, y les gusta lo que les gusta, y Elaine se está preparando para el negocio familiar, y el chico ha ganado una beca en Leeds,