en la suya, y vio sus habitaciones llenas, oyó el estruendo de las voces, vio los candeleros, las cortinas al viento y las rosas que Richard le había regalado.
—Tengo cinco chicos enormes —dijo Sally.
Tenía el egoísmo más simple, el deseo más patente de que la consideraran siempre la primera, y Clarissa la quería por seguir siendo así.
—¡No lo puedo creer! —exclamó, encendiéndose de puro placer ante el recuerdo del pasado.
Pero, ay, Wilkins; Wilkins la reclamaba; Wilkins emitía con voz de autoridad imperiosa, como si hubiera que amonestar a toda la compañía y apartar a la anfitriona de su frivolidad, un solo nombre:
«El primer ministro», dijo Peter Walsh.
¿El primer ministro? ¿De verdad? Se maravilló Ellie Henderson. ¡Qué cosa que contarle a Edith!
No se le podía reír. Tenía un aspecto de lo más corriente. Uno bien podría habérselo imaginado detrás de un mostrador despachando galletas—pobre hombre, todo