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nydus/Mrs. DallowayPublic
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La señora Dalloway

nada. Muchachos de uniforme, cargando fusiles, marchaban con los ojos al frente, marchaban, con los brazos rígidos, y en el rostro una expresión como las letras de una inscripción grabada alrededor de la base de una estatua que alababa el deber, la gratitud, la fidelidad, el amor a Inglaterra.

Era, pensó Peter Walsh, empezando a marchar al compás de ellos, un entrenamiento excelente.

Pero no parecían robustos. Eran larguiruchos en su mayoría, muchachos de dieciséis años que, mañana, tal vez estarían detrás de cuencos de arroz, de barras de jabón en los mostradores.

Ahora llevaban sobre sí, sin mezcla de placer sensual ni de preocupaciones cotidianas, la solemnidad de la corona que habían traído desde Finsbury Pavement hasta la tumba vacía. Habían hecho su juramento. El tráfico lo respetaba; las furgonetas se detenían.

No puedo seguirles el paso, pensó Peter Walsh mientras marchaban por Whitehall, y a buen seguro, seguían marchando, pasándole de largo, pasando junto a todos, de su modo firme, como si una sola voluntad moviera piernas y brazos de forma uniforme, y la vida, con sus variedades, sus indiscreciones, hubiera quedado sepultada bajo un pavimento de monumentos y coronas, y narcotizada hasta convertirse en un cadáver rígido y a la vez de mirada fija debido a la disciplina. Había que respetarlo; uno podía reírse; pero había que respetarlo, pensó. Allí van, pensó Peter Walsh, deteniéndose en el borde de la acera; y todas las estatuas exhaltadas, Nelson, Gordon, Havelock, las negras y espectaculares imágenes de grandes soldados, se quedaban mirando al frente, como si ellos también hubieran hecho la misma renuncia (Peter Walsh sentía que él también la había hecho, la gran renuncia), pisoteados por las mismas tentaciones, y hubieran conseguido al fin una mirada marmórea. Pero esa mirada no la quería para sí lo más mínimo Peter Walsh; aunque

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