asunto—. Ver a tu propia hermana morir aplastada por un árbol (todo por culpa de Justin Parry, por toda su negligencia) ante tus propios ojos, además una chica en el umbral de la vida, la más dotada de todos, según decía siempre Clarissa, era como para volver a cualquiera un amargado. Más tarde tal vez ya no estaba tan segura; creía que no había Dioses; que nadie tenía la culpa; y así fue como desarrolló esta religión atea de hacer el bien por el bien mismo.
Y por supuesto disfrutaba de la vida enormemente. Estaba en su naturaleza disfrutar (aunque Dios sabe que tenía sus reservas; era un mero boceto, sentía a menudo, el que incluso él, después de todos estos años, podía hacerse de Clarissa).
De todos modos, no había amargura en ella; nada de ese sentido de virtud moral que resulta tan repulsivo en las buenas mujeres. Disfrutaba prácticamente de todo.
Si caminabas con ella por Hyde Park, ahora era un lecho de tulipanes, ahora un niño en un cochecito, ahora algún drama absurdo y diminuto que se inventaba sobre la marcha.
(Muy probablemente, les habría hablado a esos amantes, de haberlos creído infelices.)
Poseía un sentido del humor verdaderamente exquisito, pero necesitaba a la gente, siempre a la gente, para sacarlo a relucir, con el resultado inevitable de que desperdiciaba el tiempo almorzando, cenando, dando esas fiestas incansables suyas, diciendo tonterías, diciendo cosas que no sentía, embotando el filo de su mente, perdiendo su discernimiento. Allí se sentaba ella a la cabecera de la mesa, esforzándose enormemente con algún viejo carcamal que pudiera ser útil para Dalloway —conocían a los aburridos más espantosos de Europa— o entraba Elizabeth y todo tenía que ceder ante ella. Estaba en un instituto, en la etapa inarticulada la última vez que él había estado allí,