debía seguir sin ella; le resentía eso; o no se volvía consolador creer que la muerte terminaba de veras? sino que de algún modo en las calles de Londres, en el flujo y reflujo de las cosas, aquí, allá, ella sobrevivía, Peter sobrevivía, vivían el uno en el otro, siendo ella parte, estaba segura, de los árboles de su casa; de la casa de allí, fea, desparramada en mil pedazos tal como era; parte de gente que nunca había conocido; tendida como una bruma entre la gente que mejor conocía, que la alzaba en sus ramas como había visto a los árboles alzar la bruma, pero se extendía muchísimo, su vida, ella misma. Pero ¿qué estaba soñando mientras miraba el escaparate de la librería Hatchards? ¿Qué intentaba recuperar? ¿Qué imagen de alba blanca en el campo, mientras leía en el libro abierto:
Ya no temas el calor del sol, ni las furias del invierno.
Esta última época de la experiencia del mundo había engendrado en todos ellos, en todos los hombres y mujeres, un pozo de lágrimas.
Lágrimas y dolores; valor y resistencia; un porte perfectamente recto y estoico.
Piense, por ejemplo, en la mujer que ella más admiraba, Lady Bexborough, inaugurando el bazar.
Allí estaban las Excursiones y alegrías de Jorrocks; estaban Soapy Sponge, y las Memorias de la señora Asquith y Caza mayor en Nigeria, todos abiertos de par en par. Había montones y montones de libros; pero ninguno que pareciera exactamente el adecuado para llevarle a Evelyn Whitbread al sanatorio. Nada que sirviera para divertirla y hacer que aquella mujer indefectiblemente seca y chuchurrida pusiera, cuando Clarissa entraba, una cara cordial aunque fuera por un instante; antes de instalarse para la habitual e interminable charla sobre las dolencias de las mujeres. Cuánto deseaba aquello —que la gente pusiera cara de alegría