una dignidad en las personas; una soledad; incluso entre marido y mujer un abismo; y eso hay que respetarlo, pensaba Clarissa, viéndole abrir la puerta; pues uno no renunciaría a ello por sí mismo, ni se lo quitaría, en contra de su voluntad, a su marido, sin perder la independencia, el propio respeto—algo, al fin y al cabo, de un valor incalculable.
Regresó con una almohada y un edredón.
—Una hora de descanso completo después del almuerzo —dijo. Y se fue.
¡Cómo se le parecía! Seguiría diciendo «Una hora de descanso absoluto después de almorzar» hasta el fin de los tiempos, porque un médico se lo había ordenado una vez. Era típico en él tomarse al pie de la letra lo que decían los médicos; parte de su adorable, divina sencillez, que nadie poseía en igual medida; lo que hacía que él fuera a hacer las cosas mientras ella y Peter