la juventud se había ido.
Así que se sentó. Se levantó, dio tumbos entre las mesitas, balanceándose ligeramente de lado a lado, y alguien fue tras ella con su enagua, y perdió el rumbo, y se vio cercada por baúles especialmente preparados para llevar a la India; luego se metió entre los ajuares de parto y la ropita de bebé; a través de todas las mercancías del mundo, perecederas y permanentes, jamones, medicamentos, flores, artículos de papelería, de diversos olores, ora dulces, ora agrios, avanzó tambaleándose; se vio así tambaleándose con el sombrero ladeado, muy roja de la cara, de cuerpo entero en un espejo; y al fin salió a la calle.
La torre de la catedral de Westminster se alzó ante ella, la morada de Dios. En medio del tráfico, ahí estaba la morada de Dios. Con paso decidido se encaminó con su paquete hacia aquel otro santuario, la