atrás. Entonces llegó el momento más exquisito de toda su vida al pasar junto a una urna de piedra con flores dentro. Sally se detuvo; cogió una flor; la besó en los labios. ¡El mundo entero podría haber dado un vuelco! Los demás desaparecieron; allí estaba ella a solas con Sally. Y sintió que le habían hecho un regalo, envuelto, y le habían dicho simplemente que lo guardara, que no lo mirara—un diamante, algo infinitamente precioso, envuelto, que, mientras caminaban (de arriba abajo, de arriba abajo), ella descubría, o cuyo resplandor traspasaba la cobertura, ¡la revelación, el sentimiento religioso!—cuando el viejo Joseph y Peter se cruzaron con ellas:
—¿Observando las estrellas? —dijo Peter.
¡Era como chocar de cara contra un muro de granito en la oscuridad! ¡Fue impactante; fue horrible!
No por ella misma. Sentía únicamente cómo estaban maltratando ya a Sally, cómo la maltrataban; sentía su hostilidad; sus celos; su determinación de irrumpir en la intimidad de ellas. Todo esto lo vio tal como se ve un paisaje en un relámpago, y a Sally (¡nunca la había admirado tanto!) abriéndose paso con hidalguía, invicta. Ella se echó a reír. Hizo que el viejo Joseph le dijera los nombres de las estrellas, lo cual a él le gustaba hacer con mucha seriedad. Se quedó allí de pie: escuchó. Oyó los nombres de las estrellas.
—¡Oh, qué horror! —se dijo, como si hubiera sabido desde siempre que algo iba a interrumpir, a amargar su momento de felicidad.
Sin embargo, cuánto le debía a Peter Walsh más tarde. Siempre que pensaba en él, pensaba en sus discusiones por alguna razón; porque deseaba tanto su buena opinión, quizás. Le debía palabras: «sentimental», «civilizada»; surgían todos los días de su vida como si él la custodiara. Un libro era sentimental; una actitud ante la vida, sentimental. «Sentimental»,